Una clase magistral de amor propio

- La pérdida de peso me llevó a dar con el diagnóstico
- Whipple y quimioterapia
- Convertir el dolor en un propósito
Era la Navidad del año 2014. Mi peso había aumentado, mi autoestima había disminuido y mis pantalones se habían estirado.
Estaba cansada de estar gordita. Entonces me levanté de la mesa navideña y decidí que iba a comenzar a perder peso. Al día siguiente, me fui a Weight Watchers. Durante seis meses fui todas las semanas y, al final, alcancé mi objetivo. Estaba delgada… pero solo me duró un suspiro. Así que hice lo que todos los que canalizamos nuestras emociones con la comida hacemos: celebré comiendo brownies.
Regresé una semana después y, para mi sorpresa, ¡había perdido más peso! “Su balanza no funciona”, le dije al hombre que estaba detrás del mostrador y que llevaba una insignia de plástico con su nombre. Me aseguró que no. Resultó ser que la que no funcionaba bien era yo. Solo que hasta entonces no lo sabía.
Lo que sucedió después fue algo con lo que había soñado toda mi vida. Sin importar qué comiera, mi peso no paraba de disminuir. Cada vez que comía, el alimento salía inmediatamente por el otro extremo. También había comenzado a sentir un dolor atroz e insoportable del lado izquierdo. Creía que había comido sushi en mal estado. Mi marido me dijo: “la gente no muere de dolor tirada en el suelo de la oficina durante una semana por haber comido sushi en mal estado. Deberías consultar con un médico.” Y eso hice.
Una semana después, me diagnosticaron cáncer de páncreas.
Un diagnóstico imposible
“Eso es imposible”, le contesté al doctor Marc Wishingrad, mi gastroenterólogo del Cedars-Sinai Medical Center (Los Ángeles, California). ¡Ni siquiera sabía dónde estaba el páncreas! Pero era cierto: tenía cáncer. Ya sabe, esa cosa que afecta a otras personas.
Yo sentía que era una persona muy saludable hasta que me enfermé. Hacía ejercicio regularmente. No tomaba alcohol ni fumaba. Comía más vegetales que papas fritas. No tenía antecedentes familiares de cáncer de páncreas. Pero aun así, lo tenía. Y así fue que comenzó mi danza de once meses con el cáncer. Contraté a un consejero para personas con cáncer (sí, en verdad existe). Su nombre es Marisa Harris. Ella sobrevivió a un cáncer de estadio IV y yo quería seguir su ejemplo.
Hice todo lo recomendado por la medicina occidental y oriental que tenía sentido para mí, comenzando por 12 rondas de FOLFIRINOX, al que mi médico llamaba cariñosamente “FU”, y un procedimiento de Whipple en el Ronald Reagan UCLA Medical Center. Sabía que no tenía la capacidad emocional, física ni psicológica para debatir entre la vida o la muerte, así que elegí la primera opción y esperé estar en lo correcto.
El “otro lado” del cáncer
Pasé mucho tiempo pensando, meditando, escribiendo e imaginando cómo sería mi vida del otro lado del cáncer. Asumí que ese “otro lado” existiría. Y así fue que finalmente el 12 de mayo de 2016 ese otro lado apareció. Mi oncólogo, el doctor Lee Rosen, me dijo que las imágenes de mis tomografías más recientes estaban dentro de lo normal y “sin particularidades”. Resultaron las palabras más lindas que alguien jamás me haya dicho.
Para mí, el cáncer de páncreas se convirtió en una clase magistral de amor propio. El diagnóstico me obligó a pedir ayuda. No tenía otra alternativa. Mis amigos cocinaban para mí y mi familia. Una amiga me ayudaba a ducharme porque estaba muy débil para hacerlo sola. Me dejé ayudar, acompañar y amar. Mejoré.
Lo que el cáncer me enseñó
El cáncer me enseñó que mi cuerpo es un genio y merece una ovación de pie por mantenerme con vida. Estas son algunas de las cosas que aprendí:
- La salud física y mental son los medidores. Las elecciones que hago en mi vida se basan en saber si eso que quiero me acerca o me aleja de mi bienestar.
- Eliminé de mi vida a las personas que drenaban mi energía y me rodeé de seres amorosos, sanos y que estuvieran en mi misma sintonía.
- No doy por sentado ni un solo día de mi vida, y ahora tengo una excusa para sentir alegría.
- Entiendo que situaciones como el divorcio, el cáncer, la pandemia y la inseguridad financiera fueron factores que me llevaron a ser quien soy hoy.
- Pude ampliar mi conocimiento de lo que es posible y no limito la visión de mi vida a lo que ya conozco.
- Me enfoco en las bendiciones que me rodean: mi vaso está medio lleno, no medio vacío.
- Creo que parte del motivo por el que me enfermé fue para poder mejorarme, hablar de ello y ayudar a otros. Como oradora motivacional, dirijo una sesión llamada “Terminé mi relación con el cáncer“.
- Mi vida hoy está mejor que nunca. Tengo el presente y ninguna garantía del mañana. Sé muy bien que lo único que tengo realmente es este momento. Y está bien así.
El cáncer me enseñó, me moldeó y transformó mi vida de una manera extraordinaria que jamás imaginé posible. Se trata de convertir el dolor en propósito. Darme cuenta de que podría haber perdido la vida me hizo comprometerme a no desperdiciar ni perder otro momento valioso.
Vea a Wendy contar su historia en “Bailes al otro lado del fuego“.