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Mi experiencia de dos años con el cáncer de páncreas

pancreatic cancer patient Glen Trotiner in a Jeep

• Ictericia lleva a diagnóstico de cáncer de páncreas
• Procedimiento de Whipple
• Quimioterapia después de la cirugía

Como hijo de maestros de la escuela pública de la Ciudad de Nueva York y nieto de un editor de la Ciudad de Nueva York, siempre entendí el poder de las palabras y lo que las palabras pueden representar.

Me dediqué toda la vida a la dirección de cine, por lo que siempre entendí el poder de las imágenes.

Tanto las palabras como las imágenes han sido una gran parte de la historia de esta increíble experiencia de dos años.

Descubrí que algunas palabras pueden funcionar como títulos de capítulos de nuestras propias vidas.  Para mí, la palabra “tratamiento” ha dominado todos los aspectos de este período de mi vida.

En la industria del cine, un “tratamiento” es un boceto breve de una historia que luego se desarrollará de forma más completa.  A veces, al esbozar un tratamiento, los escritores no saben a dónde va la historia, o como terminará, pero tienen la confianza de que llegará, en algún punto, a una conclusión satisfactoria.

Lo que sigue es un tratamiento sobre mi tratamiento.Todavía no hay una conclusión para la historia, pero todos los acontecimientos posteriores y recientes son completamente positivos.

El comienzo

La historia, o el tratamiento, comienza con tres imágenes muy memorables.

Hace unos dos años me miré en el espejo y vi que mi piel se había puesto amarilla. Fui a la sala de emergencias de Greenwich Village Northwell Health, no muy lejos de donde vivo.El enfermero de clasificación de urgencias me miró y me dijo que tenía ictericia.

Una tomografía computarizada, una imagen de mis entrañas, reveló algo que sabía por la experiencia de tener varios amigos que habían escuchado las mismas palabras de sus médicos. Lo que aparecía en la imagen podía llevar la historia de mi vida a un final abrupto. Tenía una masa en la cabeza del páncreasCáncer de páncreas. Una sentencia de muerte.

Comienza el viaje

Llevé la tomografía a Memorial Sloan Kettering, con seguridad, uno de los hospitales más destacados, quizás el más destacado para la atención del cáncer en el mundo.Una de las principales cirujanas, la Dra. Alice Wei, me había aceptado como paciente. La Dra. Wei observó la imagen y concluyó que la masa que tenía parecía “resecable”.Esto, según aprendí, en términos sencillos significaba que se podía extirpar mediante una cirugía.

Para explicarme los primeros pasos de mi tratamiento, la Dra. Wei dibujó con un lápiz una imagen en un papel de 8 x 11, una representación de mis entrañas. En el diagrama, mostró los fundamentos de la operación llamada “Whipple”. En esa cirugía, ella y un equipo debían desarmar mis entrañas, extirpar la masa y volver a armar todo.

El procedimiento se programó para el día siguiente. Como sabía que el tiempo puede ser esencial en estos asuntos, sentí un pequeño alivio.

Después de una noche casi sin dormir, en la que intenté no imaginar lo peor, sino esperar lo mejor, me llevaron al quirófano, me envolvieron como un capullo, me conectaron a muchos cables y me anestesiaron.

Cuando me desperté, me dieron buenas noticias. La Dra. Wei pudo extirpar el tumor. Estaba en estadio IA, lo que significa una longitud de menos de 2 centímetros. Ninguno de los numerosos ganglios linfáticos que habían revisado cuidadosamente durante la operación mostró signos de diseminación de la enfermedad.Tampoco hubo signos de diseminación en ninguno de los otros órganos. Todos mis otros signos vitales estaban bien.

Me animaron a que me mantuviera activo de inmediato. Bueno, el día después de la cirugía, algo activo.

La recuperación, parte 1

Después de pasar un par de días en cama con aparatos en las piernas para mantener el flujo sanguíneo y evitar coágulos, un enfermero me puso de pie. Ponerme de pie, valga el concepto trillado, me pareció un gran paso para recuperar la independencia. Tomé el soporte del portasueros, me acerqué lentamente a la puerta de la habitación del hospital y di unas vueltas por el pasillo, que es algo así como la vigésima parte de una milla por vuelta.

Di vueltas y más vueltas, confiando en la solidez y el apoyo del soporte del portasueros y en la compañía y el ánimo que me daba el enfermero.Cuando era joven, 10 kilómetros parecían una distancia muy corta; ahora, 10 vueltas me parecían una meta difícil.

Esa bolsa de solución intravenosa, que colgaba del soporte, era también mi salvavidas. No solo me mantenía hidratado, sino que a menudo me suministraba líquidos específicos que me habían recetado para regular diferentes partes de la tabla periódica que circulaban por mi torrente sanguíneo y que aparecían como deficientes en los análisis de sangre realizados casi cada hora.

La bolsa de potasio (¿o era de magnesio?) era una bolsa que nunca ansié ver colgada en el soporte. Ardía de una manera que rivalizaba con el dolor que sentía en el abdomen cuando intentaba sentarme. Las imágenes de emoji de la tabla de dolor, que mide el nivel de dolor del 1 al 10, y sobre las que el personal me preguntaba a menudo, adquirieron un significado gracioso. ¿Era el dolor un 6 o un 7? ¿De verdad importa? ¡Dolía muchísimo!

En realidad, creo que sí importa, porque una parte del tratamiento y la recuperación fue aprender a lidiar con el dolor. Intenté no quejarme del dolor a nadie, ya que parecía que no valía mucho la pena hacerlo, a menos que fuese en relación con medicamentos que me ayudaran a sobrellevarlo.

¿Y a quién me iba a quejar? Era la época de la COVID-19. El resto del mundo estaba en confinamiento. Muchas de las personas más cercanas a mí estaban en Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut, pero en cuarentena como todo el mundo durante la crisis de la COVID-19.  La política del hospital era que no se podía recibir visitas.

Pero todas esas personas fueron un sistema de apoyo increíble. Cada una pasó incontables horas conmigo en el teléfono y en FaceTime. Cada una se aseguró de enviarme lo que yo necesitaba. Era como si tuviese 10 años y estuviese en un campamento esperando que llegaran los paquetes de ayuda por correo.

Aparecieron pequeños atisbos de normalidad… afeitarme… ponerme ropa normal… ir al baño… ducharme parado…

Miraba por la ventana un Manhattan que parecía una película apocalíptica, pero sabía que, con el tiempo, podría salir y unirme al resto de los zombis enmascarados.

Pasó casi un mes; luego obtuve mi libertad condicional y fui liberado al mundo exterior. Respiré el aire fresco de Nueva York. Una vez en el coche, y rumbo a Connecticut, me tomé una selfie, con la mascarilla puesta. Estaba claramente mucho más delgado que antes de que todo empezara. Pero ya no tenía el color amarillo. Estaba listo para entrar en la siguiente fase larga de mi tratamiento.

El viaje continúa

Al cabo de un par de meses me encontraba lo suficientemente fuerte para la siguiente fase de mi tratamiento. Mi oncólogo, el Dr. Danny Khalil, me suministró FOLFIRINOX. Me dijeron que básicamente era la versión más fuerte de la quimioterapia que suelen recibir los pacientes con mi diagnóstico.

Cada tratamiento consistía en tres medicamentos para combatir el cáncer, un medicamento para mantener alto mi recuento de glóbulos blancos y un medicamento para combatir las náuseas, que era un efecto secundario de los medicamentos.

El objetivo de la quimioterapia era prevenir la recurrencia de la enfermedad. Iba a recibir 10 tratamientos. Se me administraría un tratamiento durante un período de tres horas cada dos semanas.

Durante 48 horas permanecía conectado a una bolsa que contenía uno de los medicamentos. Aprendí a dormir con ella y mi gato aprendió a evitarla. Se convirtió en parte de mí durante muchos meses, al igual que lidiar con todos los efectos secundarios.

Los efectos secundarios

Aprendí a beber líquidos a temperatura ambiente, ya que un efecto secundario de uno de los medicamentos era la extrema sensibilidad al frío. Mi apetito se evaporó. Perdí el interés por algunos de los alimentos que habrían sido apetitosos antes de la cirugía y la quimioterapia. No sé si era por su aspecto o por su aroma, pero no podía comerlos. Ya había tantos productos que se suponía que no debía comer (los tomates eran uno de los más difíciles de evitar), que traté de encontrar formas de mantener una nutrición adecuada. Descubrí que solía tener más hambre por la mañana y a menudo calentaba sobras antes de que saliese el sol.

Para ayudarme con el apetito, el Dr. Khalil me derivó a la Dra. June Chin, quien me realizó una evaluación para ver si era candidato para la marihuana medicinal, que se utiliza para ayudar a los pacientes con cáncer. Una vez que me aprobó la tarjeta del Estado de Nueva York, fui al dispensario y conseguí un vaporizador y un kit básico.

Fumaba justo antes de las comidas y esto me ayudó mucho con mis ganas de comer. Una vez funcionó tan bien que me comí media caja de galletas Oreo, lo que sin duda fue hacer mucha trampa con respecto a las comidas saludables. Pero me alegré mucho de tener hambre a la hora de comer. Parecía que la moderación sería la clave.

La pérdida de peso empezó a ser un problema menor. Por alguna razón, la comida de Acción de Gracias se convirtió en un antojo constante, y comí mucho pavo y relleno. Quizás estaba dando subliminalmente las gracias por seguir en el planeta.

Llegó el verdadero Día de Acción de Gracias, una fiesta que, en un momento dado, me había preguntado si sería capaz de celebrar, pero pude hacerlo con creces.

Mi tío me trajo comida para una semana que mi tía había preparado.  Su sobrino disfrutó de la comida como en ningún otro Día de Acción de Gracias.

La recuperación

Hace tiempo que terminé la quimioterapia, y el segundo aniversario de haberme puesto de color amarillo está a la vuelta de la esquina.

Sigo un programa de una tomografía cada dos meses. La última tomografía salió perfecta.

Dos palabras increíbles: sin cáncer.

He retomado una vida seminormal: voy al cine, ando en bicicleta, escribo y doy clases.

Durante el verano hice una caminata de cuatro millas (aproximadamente seis kilómetros) en Central Park. Al terminar un voluntario me dio un helado de paleta justo después de cruzar la línea de llegada. Como ya no tengo sensibilidad al frío, es posible que haya sido el mejor helado de paleta de mi vida. Voy a agregarlo al menú de Acción de Gracias de este año.

Ah, sí, el próximo Día de Acción de Gracias también está cerca. Con seguridad sé por qué dar gracias.


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